domingo, 18 de septiembre de 2016

¡DESCUBRE QUIÉN MANDA REALMENTE EN TU MATRIMONIO/NOVIAZGO!

¡Te sorprendería saber quién manda en casa... "por que la sartén... sólo tiene un mango"!


Antes de casarnos, muchos de nosotros nos preguntábamos cómo sería llevar un matrimonio. Los gastos, las labores de la casa, los hijos y todo aquello que el matrimonio exige. Pero de entre todas esas dudas existe particularmente una que muchos de ustedes aún hoy que están casados se lo seguirán preguntando:


¿Quién manda en el matrimonio?




En este punto, los bandos se dividen principalmente en dos: los que piensan que mandan y los que piensan que su pareja manda; a estos dos grupos se suma un tercer grupo que cada día va en aumento y es el que piensa: “¡En casa mandamos los dos!”


Esta vez no se trata de quién aporta más dinero a la casa o de quién “hace más” por la casa, por los hijos o por el bienestar familiar. Se trata simple y llana mente de quien manda, gobierna o impera en la casa.




Cualquier suegra se moriría por escuchar que su hijo o hija son los que llevan mejor las riendas del asunto familiar. En lo personal, desde antes de casarme ya veía a muchas parejas que atravesaban por la crisis del primer año, o la crisis del primer hijo o simplemente la crisis del matrimonio, pero al ir observando a aquellas parejas más exitosas (o sea que ya llevaban bastantes años dentro de un matrimonio en el que las cosas marchaban bien, se llevaban bien e incluso hasta se amaban), me di cuenta de que todas ellas compartían un sistema común que quizá unas parejas ejecutaban de una forma y otras parejas de otra, pero que se susentaban bajo la misma base: “


¡En esta casa mandan las reglas!”




¡Sí! Ni el macho dominante ni la hembra matriarcal dominarían dentro del hogar, sino que contaban con un reglamento claro, bien entendido por todas las partes (papá, mamá, hijos y hasta la mascota).


Cuando estamos sometidos al mandato del patriarca o la matriarca, las cosas pueden ponerse un poco difíciles porque el hogar o el noviazgo están sujetos a la voluntad y el capricho de quien haya resultado más dominante. En el mejor de los casos, bajo la mejor de las suertes, dicho agente dominante es una persona que tiende a conciliar y a ver por el bienestar de todos, pero si no es así la cosa resulta complicada y es ahí cuando muchos matrimonios o noviazgos ya no pueden sostenerse.
Por poner un ejemplo, digamos que EL REGLAMENTO común dice:


“No se va a hablar/discutir cuando se esté enojado”





Dicho mandato de común acuerdo surge de la experiencia de haberse pronunciado palabras hirientes durante una discusión acalorada en un momento de desesperación. La regla sugiere que hay que esperar a sentirse un poco mejor y será en ese momento que intentarán conciliar sus diferencias. Es indispensable que ambas partes o todas las partes involucradas respeten el acuerdo. No mando yo y no mandas tú: ¡Mandan las reglas! Y aunque tu pareja esté muy callada, porque prefiere esperar a que se le pase el enojo, no debes cuestionar su silencio ni sentirte bajo presión y terminar por presionarlo a él o ella con tal de que te diga algo. A veces no es que no queramos cumplir las reglas, esque no nos dejan cumplirlas.


“Los domingos te tocan los trastes”





No importa si están enojados y no se hablan porque están cumpliendo la regla anterior; bajo ninguna circunstancia dejas de lavar los trastes si es domingo. En silencio o no; discutiendo, con empleo o no; enamorado o no en ese momento. La regla es muy clara y hay que respetarla por sobre todas las cosas.


¿Por que es bueno tener un reglamento?


Si nos dejáramos llevar únicamente por las emociones, amaneceríamos unas veces de buen humor y otras de un humor pésimo y los altibajos serían tantos que la relación se tornaría inestable (¿Te suena?). Sin reglas somos víctimas del humor, de los malos hábitos y de la ambigüedad. El humor puede cambiar de un segundo a otro, basta un chasquido de dedos para pasar de un estado de ánimo a otro. En cambio las reglas son permanentes y perdurarán antes, durante y después de una rabieta que se puede salir de control.


Muchas de las cosas importantes se manejan bajo un reglamento. Ni siquiera el propio dueño de su propia empresa puede hacer lo que quiera y él mismo tiene que ajustarse a las propias reglas de su negocio, pues de no hacerlo habría consecuencias graves cada vez que apelara a su humor.


Los errores que cometemos


No basta con establecer un reglamento, especialmente cuando no se va a cumplir. El desacato de las reglas podría resultar contraproducente, porque podría significar un abierto desacato a lo que ya se ha acordado. Antes de originar un reglamento hay que hacer un auto análisis y ser muy honestos respecto a la fuerza de voluntad que exige cumplirlo. De buen humor todos prometemos cosas, pero el verdadero reto viene cuando eres presa de esas rabietas que ya bien conoces.


Romper las reglas cuando se está de buenas. A veces todo está muy bien y como todos están de buen humor, comenzamos a permitir que las reglas sean pasadas por alto: “Hoy estoy muy feliz, no te preocupes amor, yo lavaré este domingo los trastes por ti. ¡La felicidad tampoco es motivo para romper un reglamento!





Tener un reglamento ventajoso o unilateral e imposible de cumplir también es contraproducente. Hay reglas que más que mantener el orden, buscan poner una coartada y limitar las posibilidades de nuestra pareja y a veces a costa de nuestros propios límites. Es recomendable empezar con algo simple que puedan cumplir y poco a poco ir agregando sólo aquellas reglas que surjan de la necesidad de paz y bienestar mutuos como no agredirse, dejar un tema delicado para dos o tres días después cuando hayan aterrizado ideas, evitar la peligrosa y provocativa frase “Si tanto mal te hago, ¿Para qué estás conmigo?” (esa frase deberían de prohibirla por ley, pues es el preámbulo de verdaderos suplicios).


Yo les sugiero que observen y aprendan de parejas que llevan ya muchos años y que son modelo de referencia matrimonial y no importa si sólo se trata de un noviazgo. Nunca es muy tarde o muy temprano para aprender. Y no está por demás dominar el arte de contentar a la pareja, ya que intuyo que será de gran utilidad dentro de tu relación.

¿Compartirías este artículo... no se... con tu pareja?



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